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En algunas partes del mundo el COVID-19 retrocede y comienzan a atisbarse señales de la vuelta a la «normalidad». No obstante, en la lucha contra este virus es posible que sin querer hayamos creado las condiciones para la propagación de otro patógeno potencialmente mortal; en este caso, una bacteria.

Lo sé, ahora estarás pensando: «Justo cuando nos dan el visto bueno para reabrir, ¿tenemos que preocuparnos por otra cosa?».

Por desgracia, sí. A pesar de todo, aunque el riesgo es real, en la mayoría de los casos puede eliminarse mediante medidas sencillas que normalmente no cuestan prácticamente nada.

Agua estancada, agua mala

La nueva amenaza se llama Legionella pneumophila, un patógeno común en muchos ambientes que se desarrolla en tuberías de agua y torres de refrigeración, en particular, cuando el agua no circula (por ejemplo, con las instalaciones cerradas por el confinamiento).

La legionela es una bacteria de forma tubular con una gran capacidad de propagación que aparece de forma natural en aguas superficiales y subterráneas, por lo general, en pequeño número. Su nombre proviene de un brote acaecido en una convención de la American Legion (una asociación estadounidense de militares veteranos), que provocó la infección de 221 asistentes y 34 muertes. El patógeno causante fue una bacteria hasta entonces desconocida que recibió posteriormente el nombre de Legionella.

Lo que ahora conocemos como «enfermedad del legionario» no es algo extraordinario. En Alemania, se estima que entre 15 000 y 30 000 personas enferman de ella cada año, mientras que en Estados Unidos se habla de unos 100 000 casos al año. Estas cifras, no obstante, pueden haberse subestimado, en tanto que algunos médicos pueden no pensar en la posibilidad de legionelosis cuando tratan a pacientes con neumonía.

La enfermedad del legionario presenta algunas similitudes con el COVID-19, pero también diferencias importantes. En ambos casos, la enfermedad se transmite por la inhalación de microgotas o aerosoles que contienen el patógeno. En el caso del COVID-19, el origen es una persona infectada. En la legionelosis, por el contrario, el punto de partida es agua contaminada con altas concentraciones de Legionella que, a continuación, se dispersan por la atmósfera; entre los orígenes habituales se encuentran duchas, humidificadores, bañeras de hidromasaje e incluso llaves/grifos de agua. Imagina la situación: alguien lavándose las manos para evitar la propagación del coronavirus podría estar liberando al aire microgotas con Legionella sin darse cuenta.

El periodo de incubación de la enfermedad también es similar, de dos a diez días. Además, el riesgo es mayor para personas con el sistema inmunitario debilitado, personas mayores y fumadores. Parece afectar más frecuentemente a hombres que a mujeres y solo en raras ocasiones se da en niños.

Como el COVID-19, la enfermedad se caracteriza por tos, escalofríos, dolor de cabeza y fiebre alta. Sin embargo, es más letal. Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de EE. UU., la tasa de letalidad es de alrededor del diez por ciento. Más aún, en el caso de los pacientes que la contraen en un entorno sanitario el índice de muertes se aproxima al veinticinco por ciento.

Existe también una forma más leve, denominada «fiebre de Pontiac», que provoca síntomas parecidos a los de la gripe, como fiebre, malestar, dolor de cabeza y dolor corporal. Este tipo más leve no es letal y se cura normalmente por sí solo al cabo de una semana.

A diferencia del COVID-19, y esto es importante entenderlo, ni la legionela ni la fiebre de Pontiac son excesivamente contagiosas. Solo en raras ocasiones las personas infectadas propagan la enfermedad a otras.

Aguas desconocidas

La Legionella encuentra las condiciones óptimas para su reproducción con temperaturas entre 25 y 45 °C (77-113 °F). La bacteria muere por encima de los 60 °C (140 °F) y difícilmente se reproduce por debajo de los 20 °C (68 °F).

Aunque las tuberías de agua y las torres de refrigeración ofrecen condiciones ideales para la bacteria, normalmente el riesgo de que se desarrolle o se multiplique es muy bajo. El flujo constante de agua fresca, junto con la introducción ocasional de agua muy caliente o muy fría, mantiene la Legionella a raya. Lo mismo se consigue añadiendo cloro u otros desinfectantes al suministro de agua.

No obstante, si el agua de un edificio permanece estancada durante demasiado tiempo, desaparece el desinfectante y cambia el ecosistema en el interior de las tuberías. Lo mismo se aplica a los sistemas de aire acondicionado parados y a los sistemas industriales que emplean agua como medio para el intercambio de calor.

Esa es precisamente la situación a la que se enfrenta el mundo actualmente, con infinidad de edificios que han permanecido cerrados durante un periodo prolongado. No hablamos solo de edificios de oficinas o de plantas de producción/montaje, sino también de hoteles, comercios minoristas, etc.

Ni sus sistemas de suministro de agua ni los equipos que emplean agua se diseñaron para estas condiciones de estancamiento. Además, los investigadores y las autoridades sanitarias señalan que las consecuencias de una parada prolongada siguen siendo en gran medida desconocidas. Apunta uno de ellos: «En realidad, no disponemos de estudios sobre un estancamiento de varios meses». Por así decirlo, nos encontramos en aguas desconocidas.

Prueba, purga y desinfección

Las empresas están obligadas a garantizar la seguridad y el bienestar de sus empleados, clientes y proveedores. En el caso de la legionela, eso implica adoptar las precauciones razonables para garantizar que el agua de una instalación, se encuentre donde se encuentre, no contenga niveles nocivos de la bacteria. A continuación, destacamos las prácticas habituales que suelen emplearse para evitar la propagación de la legionela.

Por suerte, muchos edificios no habrán estado completamente cerrados y desatendidos durante el confinamiento, gracias a la presencia, al menos periódica, del personal de seguridad y mantenimiento. En estos casos, el edificio seguramente podrá abrirse si:

  • se ha purgado el sistema de agua al menos cada tres días,
  • se ha comprobado que las temperaturas del agua en las llaves alcanza los 55 °C (131 °F),
  • las pruebas microbiológicas realizadas durante el cierre muestran que no se ha producido un cambio significativo en el número total de bacterias.

En los edificios que han estado parados durante al menos siete días, y en especial en aquellos en los que las tuberías de agua y los sistemas relevantes que emplean agua han estado desconectados durante más de un mes, es necesario realizar pruebas en el agua y, si corresponde, purgarla y desinfectarla. Como mínimo, deberían tomarse muestras en los siguientes emplazamientos:

  • flujo y retorno de las unidades de calefacción de agua (circulación),
  • todos los tramos de las tuberías de agua caliente de los distintos edificios o plantas,
  • todas las llaves de agua que llamen la atención durante la inspección orientativa,
  • el suministro de agua fría y los tramos de tuberías calentados por encima de 25 °C (77 °F),
  • todas las llaves con agua estancada.

Si se detectan más de 100 unidades que forman colonias (UFC) de Legionella en una muestra de 100 ml, el agua se considera contaminada y es necesario purgar a fondo todo el sistema con agua caliente (65-70 °C/150-158 °F) durante al menos tres minutos. Hay que tener en cuenta, no obstante, que esta operación no siempre es posible en los sistemas de agua fría. En esos casos, se precisa una desinfección química.

Con concentraciones por encima de 10 000 UFC en 100 ml, se precisan medidas correctivas inmediatas; por ejemplo, mediante desinfección química. La desinfección química debe abarcar todo el sistema de agua potable. La instalación debe purgarse con productos químicos autorizados, como cloro, dióxido de cloro, hipoclorito de calcio o sodio, u ozono. Este proceso debe correr a cargo de una empresa especializada, y el agua no es potable durante la desinfección.

Todas estas medidas (prueba, purga y desinfección) se aplican también a las torres de refrigeración, sistemas de aire acondicionado y cualquier otra máquina o equipo con depósitos de agua.

Si tenemos en cuenta todos estos aspectos, evitar un brote de legionela es mucho más fácil y menos costoso para las empresas que impedir la propagación del coronavirus. Las pruebas para detectar la legionela y, si es necesario, para purgar o desinfectar el agua en un edificio deben ser un componente esencial en todos los planes para reanudar las operaciones. El COVID-19 ya se ha cobrado suficientes víctimas; hemos de evitar a toda costa la pérdida innecesaria de más vidas por esta pandemia.

Nota: Si tienes alguna duda sobre el impacto de la parada en las operaciones o sobre la legionela en particular, ponte en contacto con nuestros equipos de Consultoría de Riesgos de Responsabilidad Civil.

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