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Contexto y orientación ante la expansión de los mitos, las historias falsas y los bulos.

Incertidumbre y (des)información

Conforme se propaga el nuevo coronavirus (COVID-19) por todo el mundo, con un crecimiento exponencial de los casos en todos los continentes, se extienden también el miedo y la incertidumbre entre la población. La incertidumbre impulsa la creciente demanda de información, ya que la gente busca respuestas y tranquilidad en los datos, el conocimiento de los expertos y las recomendaciones científicas. En lo que concierne al mundo de los negocios, las empresas buscan información fiable que les ayude a entender mejor la amenaza que supone el virus y a prever y adaptarse mejor a las medidas que los gobiernos toman para abordarla.

Y a la vez, la creciente demanda de información y claridad abre las puertas a la expansión de la desinformación. Cuando la demanda de información fiable y regular sobrepasa la oferta de orientaciones y consejos que ofrecen las autoridades nacionales, ese hueco lo cubren otras fuentes de información no oficial y sin contrastar. Por ejemplo, a lo largo de las últimas semanas, medios rusos han compartido información no veraz sobre el coronavirus y las medidas que están tomando los gobiernos europeos en respuesta a la crisis. Un documento no publicado de la UE al respecto de esta campaña de desinformación parece recoger  afirmaciones y argumentos falsos que se han difundido ampliamente a través de los medios tradicionales y de las redes sociales, algunos de los cuales alegan que el virus fue creado artificialmente en un laboratorio estadounidense y estaba siendo utilizado como arma biológica. Aun sin contrastar, dichas afirmaciones se han compartido ampliamente a través de diversos medios de comunicación en diferentes idiomas europeos.

«La propagación de la desinformación podría en última instancia amenazar la eficacia de las medidas de los Estados para contener y responder a la expansión del virus».

Abordar el problema

Es de escasa importancia que quien ha promovido o fomentado esfuerzos con el fin de difundir desinformación haya sido Rusia u otros actores estatales. Mientras se difunden, este tipo de mensajes, con independencia de su origen, son potencialmente dañinos. Las afirmaciones falsas pueden generar confusión y pánico entre la población. En estos momentos en los que es vital para todos seguir las recomendaciones oficiales, las informaciones contradictorias pueden hacer que los ciudadanos se muestren reacios a hacerlo. De este modo, la propagación de la desinformación podría en última instancia amenazar la eficacia de las medidas de los Estados para contener y responder a la expansión del virus, provocando más infecciones y una carga mayor sobre los servicios públicos y sanitarios. Por lo tanto, a pesar de la acuciante emergencia médica, no debe desatenderse el problema de la desinformación en relación con el COVID-19.

«A pesar de la acuciante emergencia médica, no debe desatenderse el problema de la desinformación en relación con el COVID-19».

Aunque es lamentable ver los intentos de socavar los esfuerzos globales por luchar contra una pandemia en expansión, la capacidad de evitarlos es limitada. Sin embargo, lo que sí pueden hacer los gobiernos y las empresas es reducir su vulnerabilidad a la desinformación. Los gobiernos pueden optimizar el suministro de información clara y regular destinada al público e invertir en mejorar la alfabetización mediática entre la población. En el caso de las empresas, el refuerzo de su capacidad de verificar y contrastar la información es esencial. 

Cómo detectar la desinformación

La desinformación en torno al COVID-19 incluye por lo general una mezcla de datos precisos y engañosos. Esto plantea la dificultad de distinguir los hechos de las teorías conspiratorias y las historias falsas. Sin embargo, la desinformación puede descubrirse normalmente formulando algunas de las siguientes preguntas y buscando indicios claros:

  • ¿Quién la publica? La desinformación procede principalmente de fuentes sin control editorial estricto ni estándares rigurosos a la hora de contrastar datos, así como de medios financiados por gobiernos extranjeros.

    Para evaluar la fiabilidad de un medio de comunicación, es importante identificar su punto de vista en general. Esto puede hacerse consultando su propia descripción, en la sección «Quiénes somos». Los medios de comunicación que difunden desinformación o contenidos engañosos normalmente afirman ofrecer «otras perspectivas» o «buscar la verdad», y se describen a sí mismos como alternativas que rectifican a los «medios dominantes». Por ejemplo, South Front, un periódico digital estadounidense que publica frecuentemente información sin contrastar —como que el COVID-19 fue «creado en un laboratorio biológico» por las élites que dirigen los EE. UU. para aumentar su poder político y «controlar nuestras vidas»—, se define a sí mismo como una alternativa a los medios tradicionales.

    También resulta útil identificar a los propietarios y accionistas de la editorial, para saber a qué intereses pueden representar dichas fuentes. Por ejemplo, es muy probable que medios de comunicación que son propiedad de gobiernos autoritarios —como los rusos Sputnik News o RT, o el chino CGTN— publiquen información parcial con el fin de hacer avanzar sus respectivos intereses políticos. Si bien algunos de estos medios no esconden el hecho de pertenecer al Estado, hay muchos sitios web con desinformación cuyos vínculos con gobiernos extranjeros son mucho menos visibles. El dominio del citado South Front, por ejemplo, está registrado en Rusia, y había sido anteriormente calificado como un «sitio proxy ruso».

    Hay numerosas plataformas en línea, como Media bias / Fact Check y AllSides Media Bias Ratings, que contribuyen a reducir la imparcialidad editorial calificando a las fuentes periodísticas según la exactitud de sus datos y su agenda política.

  • ¿Qué fuentes se citan? Un rasgo distintivo de la desinformación es la falta de fuentes fidedignas.

    Mientras que los medios de comunicación de renombre citan a instituciones de prestigio como la Organización Mundial de la Salud, los medios poco creíbles y los perfiles sospechosos en redes sociales evitan por completo citar fuentes, o citan fuentes aparentemente fidedignas, aunque vagas e indeterminadas.

    Por ejemplo, el 12 de marzo de 2020, el tabloide británico Daily Express publicó un artículo que citaba una entrevista con Francis Boyle, un abogado internacional, que hacía alegaciones no fundamentadas en Info Wars, según las cuales el COVID-19 es un arma biológica. Info Wars es un programa de YouTube presentado por Alex Jones, locutor de radio estadounidense y que aboga por la teoría de la conspiración de extrema derecha. Dada la naturaleza del programa y el gran volumen de desinformación difundido periódicamente por Alex Jones, es poco probable que Francis Boyle sea una fuente de información fidedigna en lo que se refiere al COVID-19. Por otro lado, en general, el artículo carece de fuentes lícitas sobre el asunto.

  • ¿Cómo se comparte la información? La desinformación relativa al COVID-19 por lo general se difunde a través de redes sociales y aplicaciones de mensajería, como Facebook, Twitter y WhatsApp.

    Algunos de los perfiles en redes sociales que difunden desinformación pueden imitar las cuentas de fuentes de información lícitas, mientras que otros se presentan como personas normales con «información secreta». Los perfiles que forman parte de una campaña de desinformación instan además con frecuencia a los lectores a compartir sus publicaciones al máximo.

    Hay numerosos perfiles de Facebook que comparten mensajes de desinformación prácticamente idénticos en relación con el tratamiento en casa y la prevención del COVID-19, que han sido refutados por numerosas fuentes lícitas, como la Organización Mundial de la Salud. Todos estos mensajes urgen a sus lectores a compartir la información on line. Es más, en sintonía con nuestra anterior afirmación respecto de la falta de fuentes lícitas, el mensaje a menudo cita a varias fuentes vagamente identificadas, como «expertos de Taiwán» o «el consejo del Hospital de Standford».

    En lugar de pertenecer a personas reales, muchos de estos perfiles son, por lo general, trols o bots programados para difundir desinformación on line. En Facebook y Twitter, por ejemplo, es conveniente investigar estos perfiles para valorar su historial de actividad o el número de seguidores. Si el perfil es de reciente creación, sus publicaciones parecen cubrir temas similares y no tiene seguidores u otra interacción humana real, probablemente se trate de un bot.

  • ¿Qué precisión tienen sus titulares? Los artículos con desinformación a menudo utilizan titulares engañosos o sensacionalistas para atraer a más lectores.

    Una vez que el lector llega al artículo completo, es probable que descubra que las afirmaciones hechas en el titular del artículo no están fundadas o argumentadas. Sin embargo, de acuerdo con numerosos estudios psicológicos, los titulares engañosos pueden influir de manera importante en cómo perciben y recuerdan los lectores la información del artículo real.  Este método puede, por lo tanto, contribuir a la proliferación de la desinformación.
    El Daily Express ha utilizado titulares sensacionalistas y engañosos en relación con el COVID-19 en múltiples ocasiones. Por ejemplo, el titular del citado artículo en el que se menciona a Francis Boyle en Info Wars era: Impactante afirmación sobre el coronavirus: pruebas irrefutables de una fuga en un laboratorio chino sacadas a la luz por un experto en armas biológicas (Coronavirus shock claim: Smoking gun of Chinese lab leak exposed by bioweapons expert).

    También Sputnik utilizó un titular engañoso en un artículo del 23 de marzo de 2020: Un embajador chino afirma que la conspiración del coronavirus se inició en EE. UU. (Chinese Ambassador Says Coronavirus Conspiracy Was First Initiated in US). La vaguedad del titular puede llevar erróneamente a un lector a pensar que el virus se originó en los EE. UU. En realidad, el artículo cita a un funcionario chino que acusaba a EE. UU. de formular alegaciones «no fundamentadas» en relación con la mala gestión del brote del virus por parte de China. De hecho, la narrativa sin fundamento de la creación artificial del virus en EE. UU. ha sido promovida ampliamente por medios oficiales rusos y chinos.

  • ¿La historia tiene cobertura en otros lugares? Los contenidos sorprendentes, controvertidos o inquietantes que no parecen estar disponibles en otros sitios web consolidados o fiables son indicio de desinformación.

    La naturaleza controvertida de este tipo de contenidos aumenta la probabilidad de que sean compartidos por el lector, especialmente si coinciden con sus creencias previas.

    Por ejemplo, el 15 de marzo de 2020, Sputnik publicó unas alegaciones muy controvertidas y sin fundamentar según las cuales el virus se había «creado en Letonia». Es posible contrastar esta información a través de varias plataformas on line que identifican y refutan los mitos más comunes en relación con diversas cuestiones, incluido el COVID-19.

  • ¿Está bien escrito? Los errores gramaticales y ortográficos y un estilo sensacionalista son más característicos de la desinformación.

    Numerosos errores ortográficos, un mal uso del idioma y un estilo literario manifiestamente dramático, o un uso frecuente de las mayúsculas para enfatizar la importancia de ciertas afirmaciones, son representativos de medios que probablemente publican desinformación.

    Por ejemplo, los artículos publicados por el citado South Front se caracterizan por un estilo sensacionalista plagado de errores gramaticales.
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